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Emoción y motivación como moderadores de la atención en el proceso de aprendizaje

Actualizado: 31 may 2020

Autora: Psic. Jusnery Rujano


Resumen

El campo de la educación, actualmente, se enfrenta a la presencia de una amplia diversidad de estudiantes, lo cual se refleja, mayormente, en su forma de aprender, proceso que se ve influido por la relación entre aspectos cognitivos, emocionales y conductuales. El presente artículo pone de manifiesto que una habilidad como la atención, se encuentra ampliamente relacionada con la emoción y motivación, desde un punto de vista neurológico y práctico. Esto puede convertirse en una oportunidad y un reto para el docente, quien se ve en la necesidad de ahondar más allá de lo obvio para descubrir y desarrollar nuevas posibilidades de enseñanza que tomen en cuenta aspectos como la expresión emocional, variedad de estímulos, estrategias motivadoras y otros que le permitan llevar a cabo su labor desde una perspectiva integral. Finalmente, se presentan algunas consideraciones para poner en práctica.

Es común escuchar a diario frases o expresiones que refieren el hecho de atender o prestar atención, más aun en el campo educativo. Y es que se trata de una de las funciones cognitivas superiores más importantes y quizá de las más utilizadas en la vida diaria, ya que resulta crucial en el procesamiento de la información y, por tanto, del aprendizaje. El proceso de atención es diverso, se encuentran distintas formas de atender y variaciones respecto a lo que se presta atención y con qué continuidad y funcionalidad se hace; actualmente se sabe incluso que en el desarrollo de este proceso pueden influir diferentes aspectos de acuerdo a cada persona, su edad, su funcionamiento neurológico, y otros más complejos como la crianza, la calidad de las relaciones afectivas, creencias, intereses, cultura, entre otros.

Esto no escapa de la realidad dentro de las aulas escolares, donde es común encontrar una amplia diversidad de niños, no sólo en relación al desarrollo de su atención y aprendizaje, sino también en aspectos como su personalidad, comportamiento y emocionalidad. De acuerdo con Ibarrola (2013), los profesores suelen catalogar a sus estudiantes dentro de tres subgrupos; el primero, conformado por aquellos niños que prestan atención a su clase, comprenden sus explicaciones, suelen participar y realizan sus tareas, los que se portan bien y son “buenos alumnos”; en el segundo grupo se encuentran los niños que les cuesta aprender y prestar atención, y no entienden lo que se explica de la misma forma que sus compañeros, estos, probablemente son los alumnos con necesidades educativas especiales quienes requieren apoyos específicos. Y por último, en el tercer subgrupo, se ubica a los niños que no comprenden y no prestan atención, simplemente porque “no quieren”, no llevan las tareas, están en el aula obligados y oyen pero muchas veces no escuchan, parece que no tienen ningún interés en aprender lo que sus docentes les quieren enseñar, los “malos estudiantes”.

Frente a esta clasificación, que de acuerdo con la autora suele adoptarse por los docentes, puede surgir la interrogante ¿realmente tenemos estudiantes buenos, regulares y malos, atentos e inatentos? o, tal vez se obvia el hecho de que todos son diferentes, en sus intereses, motivaciones, niveles de atención y por tanto en su proceso de aprendizaje. Sin duda, si se entra a un aula, se puede encontrar que cada niño tiene sus propios intereses: lo que puede resultar curioso para uno tal vez no lo sea para otro. Aunque en un principio es involuntario e instintivo, el proceso de la atención puede ser entrenado, como también las capacidades de autocontrol y automotivación, propias del desarrollo de la inteligencia emocional, y las cuales no pueden estar alejadas de lo que los niños aprenden en la escuela.

Partiendo de esto, se considera parte de la labor docente, intentar ver más allá de lo obvio y entender el aprendizaje de sus estudiantes desde diferentes perspectivas, valorando cómo piensan, qué sienten y qué los motiva, lo que le permita desde su posición de educador innovar y crear alternativas que capten la atención de la mayoría de sus estudiantes, así como incluir en su planificación nociones de educación emocional tomándola en cuenta como primordial dentro del crecimiento humano. En ocasiones, tal vez los esfuerzos no sean suficientes para llegar a algunos estudiantes, ya que también influirá en gran medida la propia disposición y características personales. En este caso, la estimulación de la capacidad de automotivación y otras habilidades emocionales “dota al estudiante de armas para afrontar situaciones poco motivadoras, dominando la tentación natural de distraerse y manteniendo un buen nivel de atención” (Subirats, 2006, p. 13).

Es así como surge la necesidad de considerar, estudiar y analizar cómo se da el proceso de la atención y cuál es su relación con la emoción y la motivación en los estudiantes, para así proponer pautas o estrategias de enseñanza aprendizaje que tomen en cuenta estos aspectos.

La atención

La atención se considera una capacidad cognitiva que permite seleccionar un estímulo del ambiente o propio de uno mismo y atenderlo en forma completa o parcial. Se encuentra relacionada con múltiples funciones cognitivas involucradas íntimamente en el proceso de aprendizaje, entre estas, la senso percepción: los sentidos captan la información que viene a través de estímulos externos, lo cual es involuntario en un principio; luego se hará necesario indiscutiblemente tener una razón o un motivo para mantener la atención en él, ignorando cualquier otro estímulo que se presente, lo que lleva a una importante relación con aspectos afectivos y motivacionales. (Posner y Dehaene, 1994)


Para comprender esta relación, es oportuno conocer aspectos relevantes al funcionamiento del cerebro, ya que muchas de las particularidades de los niños mientras aprenden (en lo cognitivo, emocional y conductual) se explican a través de él. En este sentido, es importante recordar que los procesos cognitivos no van separados de las emociones, de hecho, se encuentran significativamente relacionados desde el punto de vista neurológico. Posner y Dehaene (1994) explican que la atención, aun teniendo asiento anatómico en la corteza prefrontal del cerebro, se encuentra conectada con una extensa cantidad de fibras nerviosas con estructuras del sistema límbico, como la amígdala y el cíngulo anterior, responsables de la motivación, el procesamiento emocional, el libre albedrio, entre otras.


De igual manera, tanto emociones como sentimientos, pueden fomentar el aprendizaje al intensificar la actividad de las redes neuronales y reforzar las conexiones sinápticas, por tanto la emoción y motivación dirigen el sistema de atención, que decide qué informaciones se archivan en los circuitos neuronales y, por tanto, se aprenden (Ibarrola, 2013). Es así, que no resulta extraño que se preste mayor atención a aquello que nos hace sentir alguna emoción, mayormente positiva, o por otro lado, a aquello que nos motiva.

Algunos estudios, como el de Huéscar (2009) demuestran que efectivamente, las diferencias individuales en temperamento parecen estar muy vinculadas al desarrollo de la capacidad de la atención conjunta en los niños, sobre todo, los perfiles temperamentales que incluyen la dimensión Emocionalidad Positiva, concluyendo la importancia de la autorregulación y las diferentes rutas que el desarrollo de la atención puede tener cuando se combina con la afectividad positiva o con la negativa.

Por su parte, Posner y Dehaene (1994) explican que tanto la emoción como la motivación son elementos determinantes de la atención, es así que un estado de alta motivación e interés “ajusta nuestro foco atencional, limitando la capacidad de atención dividida, así como el tono afectivo de los estímulos que nos llegan y nuestros sentimientos hacia ellos llevan a determinar cuál va a ser nuestro foco de atención prioritario”. En palabras de Mendoza, Terranova, Zambrano y Macías (2014) “Al combinar la motivación (deseo de querer hacer algo) con las emociones (fuerza interior para moverse hacia algo o alejarse de ello), surge un tercer factor, el interés”. (p. 25).


Se puede decir entonces, que en diferentes situaciones de vida, especialmente en el aprendizaje, se busca dar un cierre y término a una actividad que genera interés y nos hace sentir bien con nosotros mismos. Esto no es ajeno a los niños en su proceso de escolarización, el hecho de sentirse cómodo y conectado afectivamente con una actividad, así como tener una sensación de logro frente a esta probablemente aumente su motivación para realizar sus tareas escolares, y sin duda su atención se centrará en esto, trayendo consigo probablemente un mejor rendimiento y bienestar.


"Tendré que tener mucho cuidado para lograrlo, esto es todo un reto para mi" expresó un pe